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La Novela Policial Contemporánea
en América Latina
  
 

 
PASADO PERFECTO
(La Habana, 1991)

Leonardo Padura Fuentes


La novela Pasado Perfecto del autor Leonardo Padura se publicó en 1991 y es ambientada en la Cuba del invierno de 1989. Pasado Perfecto es la primera novela de la serie "Las cuatros estaciones" (publicada por Tusquets), tetralogía en la cual cada novela corresponde a una estación del año . Las otras novelas de la serie son: Vientos de Cuaresma (1994), Máscaras (1997), y Paisaje de otoño (1998).
En el 2003 Padura publica su quinta novela con el Conde, Adiós, Hemingway (por Norma) y en 2005 la sexta, La neblina del ayer(por Tusquets).

En Pasado Perfecto el autor Leonardo Padura utiliza y transforma las modalidades y tonos del policial tradicional para explorar valores y contradicciones de su tiempo, en el ámbito individual y colectivo, cultural y político de Cuba. Al mismo tiempo ofrece un relato poéticamente cautivante y entretenido que enseña una visión sagaz y problemática de las vivencias e imaginarios posibles durante el ‘período especial’.

“… aquel caso que venía del pasado dispuesto a romperle la tranquilidad de la abulia soñada para el fin de semana.”
(Leonardo Padura. Pasado perfecto. Tusquets Editores, Barcelona: 2007, p. 28. Todas las citas con números en paréntesis en lo que sigue se refieren a esta edición de la novela.)
Es el primer fin de semana del 1989, y el teniente Mario Conde se despierta de la enésima resaca por la llamada de su jefe, el mayor Rangel. El día jueves 1 de enero desapareció en La Habana el empresario Rafael Morín, miembro del Ministerio de Industrias: el jefe le encarga a Mario de quitarse instantáneamente la migraña, salir a investigar el caso de Rafael Morín y resolverlo antes del lunes, porque “en Cuba los jefes de empresa con rango de viceministro no se pierden así como así” (15).
            No es un caso de ordinaria administración para el Conde, ya que el nombre del desaparecido le suena bien familiar: Rafael Morín, ahora empresario de Importaciones y Exportaciones, fue su compañero del Preuniversitario y un estudiante ejemplar. Desde los años  dulce-amaros de competiciones y desilusiones en el Pre, re-afloran en el detective sentimientos de envidia por los éxitos académicos de Rafael, y al mismo tiempo la aversión por la desenvoltura con que ese “ángel intachable” siempre se conformó al sistema y a la retórica de las instituciones escolásticas. Más que todo se renuevan los celos por la conquista y apropiación de la más deseada muchacha del Pre, la fantástica Tamara Valdemira.

“La ruta de los recuerdos de Mario Conde siempre terminaba en la melancolía.” (189)
Sin embargo, al Conde le gusta recordar, es “un recordador de mierda” (22) como le dice el Flaco Carlos, amigo fraterno y socio de borrachas. Cuando sale por las Calzadas de la ciudad, se sumerge habitualmente en la nostalgia, real o imaginaria: recuerda su barrio y tiempos más felices, o quizás ¿los inventa o los confunde con los antiguos cuentos de su abuelo?  Ve crecer la violencia en La Habana contemporánea, ciudad llena de delitos inútiles, de jineteros, de pobreza: observa que en las esquinas hay colas para el pan donde había juegos de dominó, y piensa “ya no nos parecemos ni a nosotros mismos”.
Sobre todo, la obsesión de Mario  es su propio pasado. En el presente, le pesa su soledad, le atormentan sus fracasos: sus extinguidos entusiasmos de escritor,  sus dos matrimonios deshechos ignominiosamente. Por eso le empuja un ansia por
“… darle marcha atrás a la máquina del tiempo y […] encontrar el punto preciso donde pudiera empezar de nuevo.” (56) ¿Cómo llegó a meterse a policía? Más en general, ¿Cómo no siguió sus ideales, sino se conformó a una carrera elegida casi pasivamente por presiones externas? De hecho, a lo largo de la indagación del caso Morín que está en el centro de la novela, se alternan dos pesquisas: una adentro de la corrupción de la sociedad cubana, y otra adentro de las cobardías personales del Conde. Analizar el caso  le acompañará en un viaje hacia su pasado, un ejercicio de memoria para un examen de conciencia: “le gustaba recordar con la esperanza de mejorar su vida, y trataba a su destino como un ser vivo y culpable…” (189).
            La nostalgia del Conde es por lo tanto una nostalgia por un destino diferente. Pero ciertas cosas no se pueden cambiar nunca, y esas tristezas  y sentimientos de culpa lo van a acompañar  sin solución. El  “flaco” Carlos, herido durante la guerra de Angola, pesa ahora más de 200 libras y se muere “a plazos sobre una silla de ruedas”. La imagen de la muerte de Carlos es un dolor de fondo que nunca desaparece. ¿Con quién va a tomar ron y a compartir los milagros epicúreos de Josefina, la madre de Carlos? Y sobre todo ¿a quién va a confesar su más recónditas vergüenzas? ¿Quién va a comprender y ayudarle a exorcizar sus traumas?
            Los recuerdos del Conde le llevan a los años setentas, a unas experiencias de injusticia y despotismo en el Pre: la retórica niveladora, la censura de la revista literaria, la incitación a la delación y a la exclusión de los estudiantes incómodos. Ante esas presiones externas – siempre apoyadas de manera abierta u oculta por Rafael – el joven Mario Conde no supo rebelarse ni afirmarse, por miedo o por timidez; las memorias le escuecen y dan vergüenza y se suman en un sentido de inferioridad del que debe deshacerse.
“…  él también daba vueltas, tratando de buscar la tangente que lo sacara de aquel infinito círculo angustioso.”  (104)
El Conde empieza a indagar acompañado por su sargento y amigo/chofer Manolo, cuyo optimismo complementa la índole melancólica y escéptica del teniente. Durante su “concubinato automovilístico”, a los dos le gusta discutir las posibilidades del caso, y sus impresiones sobre las personas implicadas: la mujer de Rafael, Tamara, cuya belleza todavía emociona e inquieta al Conde, y René Maciques, el jefe de despacho de Rafael y uno de los invitados a la fiesta de fin de año en casa del compañero Alberto, viceministro de Industrias. El Conde y Manolo visitan a las últimas personas que hablaron con Rafael. Van al caserón pobre y oscuro donde su madre aún vive; visitan la casa hermosa y cómoda que él habita ahora con Tamara y su hijo; y finalmente el apartamento de su secretaria Zaida, y él de Zoila, la jinetera. Los sentimientos de esas mujeres hacia Rafael varían desde el amor descomedido a la indiferencia pragmática y venal, pero todas pueden jactar un cierto número de bienes de lujo generosamente dispensados por el empresario cada vez que regresaba de sus numerosos viajes al extranjero. ¿Con qué fondos contaba Rafael Morín para hacer sus compras en el extranjero?  Esa no es pregunta banal, en una sociedad donde la propiedad privada se presume quitar fondos a la pública, donde en esos años del ‘período especial’ una pobreza agobiante empieza a dominar el país, y donde los viajes y los bienes materiales se consideran privilegios raros que dispensar y disfrutar con moderación.  Desde aquí la reacción de Manolo – todavía menos cínico del teniente: “¿A santo de qué alguien puede jugar con lo que es mío y es tuyo y es de aquel viejo… y de esa mujer…?” (195).
            Muy pronto, el Conde se va convenciendo de que la desaparición de Rafael no tiene nada que ver con la casualidad. La fiesta y la empresa le parecen dos senderos confluentes.  Paralelamente a la indagación de los enredos financieros de Rafael Morín, Mario se enreda a su vez  en una historia de sexo, amor y confesiones recíprocas con Tamara, balanceándose entre melancolía, complejos de inferioridad y atracción irresistible. Tamara es antes de todo, para ese detective cubano de premisas machistas, la belleza de un  cuerpo “comestible”, pero, como es también una de las pocas personas que le entienden y saben ir a la raíz de sus contradicciones de “policía triste”, él se da cuenta que está en frente de una mujer inteligente y compleja, con la que puede y quiere hablar.
            La otra persona que muestra al Conde una parte del rompecabezas  (el de Rafael y el de sí mismo) es  Miki, el escritor amigo de Rafael con el cual se peleó por cuestiones de recomendaciones y entrada al partido. La personalidad de Rafael es quizás más compleja de lo que el Conde se creía, lo que es cierto es que siempre fue un oportunista. Pero ¿y el Conde? Quizás nunca va a escribir sus novelas  si, como dice Miki, está “a medio camino de todo”, digno representante de  una  “generación escondida, sin cara, sin lugar sin cojones” (156).

“… estás revolviendo mierda, Conde, y la mierda salpica” (179)
El lunes 5 de enero, el Conde convoca a Patricia Wong (“la China”), especialista en Delito Económico para que averigüe la contabilidad de la Empresa, en particular las dietas y gastos de representación de Rafael Morín. Gracias a esa colaboración se descubre una dinámica de gastos y negocios ilegales, tráfico de divisas e inversiones extranjeras que denuncian indirectamente las contradicciones implicadas en el funcionamiento estatal del país. A través de la denuncia sutil de la corrupción presente en los altos rangos de la economía y política de Cuba, Pasado perfecto opera una inequívoca crítica de los aspectos más rígidos e hipócritas del sistema socialista y a la vez una desencantada constatación de la prevalencia universal del personal greed: “… con todos estos controles y con los arqueos y auditorías, y hay más robo, malversación y desvío de recursos de lo que nadie se pueda imaginar” (181).

La lectura de Pasado Perfecto revela una novela densa de significaciones en múltiples niveles que abarcan desde lo existencial y lo moral a lo social, desde lo psicológico a lo poético y metaliterario. Esta primera novela que inició la tetralogía del teniente Mario Conde representa el interés del autor en reconfigurar el género de la novela policial en Cuba. Desde los años setentas hasta mediado de los ochentas, la novela policial socialista se afirma como género sancionado y promovido por el gobierno y se caracteriza por un fuerte intento didáctico. Las prescripciones externas sobre esa literatura producen una limitación de los valores estéticos y lúdicos y el empobrecimiento de las técnicas expresivas a favor de la función de propaganda ideológica, como analizan varios críticos, entre los cuales se destacan Persephone Braham y Amelia Simpson. Esas populares novelas publicadas en las dos décadas, de rasgos formuláicos y repetitivos, fueron ganadoras no solo de premios ministeriales y de la complacencia de los críticos alineados, sino de un aparentemente amplio favor del publico, un hecho observados por la critica reciente pero todavía no analizado o interpretado a fondo. El declino artístico y editorial del género se realiza en coincidencia con unos cambios políticos y económicos dramáticos hacia el final de los ochentas. En ese momento de transformación y crisis – concomitante a un relajamiento parcial de la implementación de la censura – las novelas de Padura expresan con éxito una renovación y re-elaboración del género policial en Cuba. Su tratamiento de los modelos originales (inclusive el hard-boiled estadounidense y la mencionada serie cubana) se sobrepone sin obliterarlas completamente a las fórmulas precedentes, a la manera del palimpsesto literario delineado por Amelia Simpson a propósito de las modalidades de la novela negra en América Latina (Simpson, 23). Los tipos de divergencias e interacciones entre los estratos de ese palimpsesto en el relato de Padura se examinan más en detalle en la secciones “Detective” y “Social Critique” del presente sitio.

 

Braham, Persephone. Crimes against the state, crimes against persons: detective fiction in Cuba and Mexico. University of Minnesota Press, Minneapolis: 2004.
Padura, Leonardo. Pasado perfecto. Tusquets Editores, Barcelona: 2007.
Simpson, Amelia S. Detective fiction from Latin America. Associated University Press, Cranbury (NJ): 1990.

 
 
 

 
Leonardo Padura

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