Hemos visto que una parte integral de la novela negra es la
creación de un ambiente verosímil. Díaz Eterovic lo hace en una manera muy
distinta en su replicación de Santiago de Chile. Mientras su detective,
Heredia, transcurre la ciudad, él comenta de varios sitios y lugares para crear
un imagen casi tangible de Santiago. Así aceptamos fácilmente que la historia
involucra unos chilenos en Chile.
Ejemplos textuales:
Describe Heredia al regresar a
Santiago:
Nos despedimos frente a la Estación Central. La vi conducir entre dos buses y
después se perdió entre el colorido artificial y vertiginoso de la calle a la
que un humorista de antaño bautizó “Alameda de Las Delicias”.Caminé maravillado
por las luces de los avisos comerciales y de la media docena de restaurantes
que permanecían abiertos. La noche estaba fresca y de los boliches próximos a
la estación salía un insidioso aroma a carne asada, café y papas fritas. Sin
saber qué hacer, me detuve en varios quioscos que ofrecían casetes adulterados,
calcetines, chinos, poleras con la imagen del Che, cortaúñas, y una infinidad
de chucherías a precios ínfimos. Observé hacia el interior de una fuente de
soda y vi una treintena de clientes que bebía cervezas y comía completos
colorinches, atiborrados de mayonesa y salsa americana.
Decidí volver a mi barrio. Detuve un taxi y le indiqué al chofer que me dejara
en la esquina de Bandera con Aillavillú. El tipo, flaco y peinado a la gomina,
me observó a través del espejo retrovisor y por unos segundos intentó una
maniobra que nos llevaría a dar un recorrido innecesario. (página 17)
Heredia describe su barrio:
Devolví el libro a su sitio, tomé mi chaqueta que colgaba del respaldo de una silla y salí de la oficina. Un sol otoñal se deslizaba por las veredas, alumbrando los pasos de la gente, los colores de sus vestimentas y sus rostros. Encendí un cigarrillo y me detuve en la esquina de Bandera y Aillavillú. Estaba en mi barrio y entre su gente. Hacía la izquierda podía ver el letrero de la Sombrerería Olguín, el Hotel Bandera y los letreros llamativos del Rey del Pescado Frito. A mi derecha, la calle Aillavillú. El restaurante Victoria, la entrada a un salón de pool, una pajarería, los muros colorinches de La Piojera, la Tienda Scuttie, el Touring Bar, el restaurante Chicha y Chancho, ya la vuelta de éste, el Tú y Yo, un café que ofrecía el espectáculo de unas obesas y cansadas bailarinas. Si, estaba en mi barrio y entre su gente.
(página 37)
Heredia está con Bernales y
describe donde comen:
-¿Qué será Gaschil?- preguntó Bernales por tercera vez, antes de mordisquear el
completo. Había insistido en pasar a comer al Pollo
King del paseo Huérfanos y estábamos en un
subterráneo con paredes recubiertas de espejos circulares. A nuestro alrededor
un gupo de liceanos comía papas fritas. En un rincón, una morena de piernas
largas fumaba y jugaba con un vaso de refresco entre sus manos. A través de los
espejos odía ver su rostro y sus labios rojos. Bebí un sorbo del café y por
unos segundos la imaginé en mis brazos, lejos del aroma a fritura que
impregnaba el ambiente. (página 108)
Otra vez Heredia y Bernales están
en un café
Bebimos
unas cervezas en el bar Central de la calle San Pablo, un lugar iluminado y con
mesas cubiertas con manteles de hule que le daban colorido y cierto aire
familiar. Sin nada que lo justificara, recordé la pensión en Punta Arenas donde
viví mientras investigaba la muerte de un amigo abogado. Era una casona de
madera desde la que cada navidad una mujer me enviaba una tarjeta y preguntaba
por mi vuelta a las calles nevadas, con sus ñires retorcidos y el viento que
convertía a las personas en frágiles molinetes de papel. A veces pensaba en ella
y recomponía su imagen en el brutal espejo de lo imposible. Las huellas, buenas
o malas, estaban en mi interior y aunque ya no preguntaba por el sentido de las
cosas, reconocía las muescas que el paso de los años había grabado en mí.
Bernales
se entretuvo en mirar la espuma de la cerveza mientras de la calle llegaba el
rumor del barrio con su habitual concierto de gritos, bocinas y chirridos de
autos. (página 128)
Heredia pasa solo por la ciudad
Me puse a caminar con la intención de hacer el último aro en el Isla de Pascua, pero un letrero, grande e imprevisto, me informó qe frente al bar se trabajaba en la remodelación de una tienda comercial. Caminé por San Antonio disfrutrado ea tenue intranquilidad que dan las calles céntricas, semivcacías, a una hora en la que sólo se cruzaban algunos noctámbulos y los primeors caroneros de la noche. Al llegar a la Plaza de Armas ubiqué un teléfono publico. (página 167)
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